La Historia me Absolverá

Por: Carlos Adame

FIDEL CASTRO RUZ Señores magistrados: Nunca un abogado ha tenido que ejercer su oficio en tandifíciles condiciones: nunca contra un acusado se habíacometido tal cúmulo de abrumadoras irregularidades. Uno yotro, son en este caso la misma persona. Como abogado, noha podido ni tan siquiera ver el sumario y, como acusado, hacehoy setenta y seis días que está encerrado en una celdasolitaria, total y absolutamente incomunicado, por encima detodas las prescripciones humanas y legales.

Quien está hablando aborrece con toda su alma la vanidadpueril y no están ni su ánimo ni su temperamento para posesde tribuno ni sensacionalismo de ninguna índole. Si he tenidoque asumir mi propia defensa ante este tribunal se debe a dosmotivos. Uno: porque prácticamente se me privó de ella porcompleto; otro: porque sólo quien haya sido herido tan hondo,y haya visto tan desamparada la patria y envilecida la justicia,puede hablar en una ocasión como ésta con palabras que seansangre del corazón y entrañas de la verdad.No faltaron compañeros generosos que quisieran defenderme,y el Colegio de Abogados de La Habana designó para que merepresentara en esta causa a un competente y valeroso letrado:el doctor Jorge Pagliery, decano del Colegio de esta ciudad. Nolo dejaron, sin embargo, desempeñar su misión: las puertas dela prisión estaban cerradas para él cuantas veces intentabaverme; sólo al cabo de mes y medio, debido a que intervino laAudiencia, se le concedieron diez minutos para entrevistarseconmigo en presencia de un sargento del Servicio deInteligencia Militar. Se supone que un abogado deba conversarprivadamente con su defendido, salvo que se trata de unprisionero de guerra cubano en manos de un implacabledespotismo que no reconozca reglas legales ni humanas. Ni eldoctor Pagliery ni yo estuvimos dispuestos a tolerar esta suciafiscalización de nuestras armas para el juicio oral. ¿Queríanacaso saber de antemano con qué medios iban a ser reducidasa polvo las fabulosas mentiras que habían elaborado en tornoa los hechos del cuartel Moncada y sacarse a relucir lasterribles verdades que deseaban ocultar a toda costa? Fueentonces cuando se decidió que, haciendo uso de mi condiciónde abogado, asumiese yo mismo mi propia defensa.Esta decisión, oída y trasmitida por el sargento del SIM,provocó inusitados temores; parece que algún duendecilloburlón se complacía diciéndoles que por culpa mía los planesiban a salir muy mal; y vosotros sabéis de sobra, señoresmagistrados, cuántas presiones se han ejercido para que se medespojase también de este derecho consagrado en Cuba poruna larga tradición. El tribunal no pudo acceder a talespretensiones porque era ya dejar a un acusado en el colmo dela indefensión. Ese acusado, que está ejerciendo ahora esederecho, por ninguna razón del mundo callará lo que debedecir. Y estimo que hay que explicar, primero que nada, y quése debió la feroz incomunicación a que fui sometido; cuál es elpropósito al reducirme al silencio; por qué se fraguaronplanes; qué hechos gravísimos se le quieren ocultar al pueblo;cuál es el secreto de todas las cosas extrañas que han ocurridoen este proceso. Es lo que me propongo hacer con enteraclaridad.Vosotros habéis calificado este juicio públicamente como elmás trascendental de la historia republicana, y así lo habéiscreído sinceramente, no debisteis permitir que os lomancharan con un fardo de burlas a vuestra autoridad. Laprimer sesión del juicio fue el 21 de septiembre. Entre uncentenar de ametralladoras y bayonetas que invadíanescandalosamente la sala de justicia, más de cien personas sesentaron en el banquillo de los acusados. Una gran mayoríaera ajena a los hechos y guardaba prisión preventiva hacíamuchos días, después de sufrir toda clase de vejámenes ymaltratos en los calabozos de los cuerpos represivos; pero elresto de los acusados, que era el menor número, estabangallardamente firmes, dispuestos a confirmar con orgullo suparticipación en la batalla por la libertad, dar un ejemplo deabnegación sin precedentes y librar de las garras de la cárcel aaquel grupo de personas que con toda mala fe habían sidoincluidas en el proceso. Los que habían combatido una vezvolvían a enfrentarse. Otra vez la causa justa del lado nuestro;iba a librarse contra la infamia el combate terrible de la verdad.¡Y ciertamente que no esperaba el régimen la catástrofe moralque se avecinaba!¿Cómo mantener todas su falsas acusaciones? ¿Cómo impedirque se supiera lo que en realidad había ocurrido, cuando talnúmero de jóvenes había ocurrido, cuando tal número dejóvenes estaban dispuestos a correr todos los riesgos: cárcel,tortura y muerte, si era preciso, por denunciarlo ante eltribunal?En aquella primera sesión se me llamó a declarar y fuisometido a interrogatorio durante dos horas, contestando laspreguntas del señor fiscal y los veinte abogados de la defensa.Puede probar con cifras exactas y datos irrebatibles lascantidades de dinero invertido, la forma en que se habíanobtenido y las armas que logramos reunir. No tenía nada queocultar, porque en realidad todo había sido logrado consacrificios sin precedentes en nuestras contiendasrepublicanas. Hablé de los propósitos que nos inspiraban en lalucha y del comportamiento humano y generoso que en todomomento mantuvimos con nuestros adversarios. Si pudecumplir mi cometido demostrando la no participación, nidirecta ni indirecta, de todos los acusados falsamentecomprometidos en la causa, se lo debo a la total adhesión yrespaldo de mis heroicos compañeros, pues dije que ellos nose avergonzarían ni se arrepentirían de su condición derevolucionarios y de patriotas por el hecho de tener que sufrirlas consecuencias. No se me permitió nunca hablar con ellosen la prisión y, sin embargo, pensábamos hacer exactamentelo mismo. Es que, cuando los hombres llevan en la mente unmismo ideal, nada puede incomunicarlos, ni las paredes deuna cárcel, ni la tierra de los cementerios, porque un mismorecuerdo, una misma alma, una misma idea, una mismaconciencia y dignidad los alienta a todos.Desde aquel momento comenzó a desmoronarse como castillode naipes el edificio de mentiras infames que había levantadoel gobierno en torno a los hechos, resultando de ello que elseñor fiscal comprendió cuán absurdo era mantener en prisiónintelectuales, solicitando de inmediato para ellas la libertasprovisional.Terminadas mis declaraciones en aquella primera sesión, yohabía solicitado permiso del tribunal para abandonar el bancode los acusados y ocupar un puesto entre los abogadosdefensores, lo que, en efecto, me fue concedido. Comenzabapara mí entonces la misión que consideraba más importanteen este juicio: destruir totalmente las cobardes calumnias quese lanzaron contra nuestros combatientes, y poner enevidencia irrebatible los crímenes espantosos y repugnantesque se habían cometido con los prisioneros, mostrando ante lafaz de la nación y del mundo la infinita desgracia de estepueblo, que está sufriendo la opresión más cruel e inhumanade toda su historia.La segunda sesión fue el martes 22 de septiembre. Acababande prestar declaración apenas diez personas y ya habíalogrado poner en claro los asesinatos cometidos en la zona deManzanillo, estableciendo específicamente y haciéndolaconstar en acta, la responsabilidad directa del capitán jefe deaquel puesto militar. Faltaban por declarar todavía trescientaspersonas. ¿Qué sería cuando, con una cantidad abrumadora dedatos y pruebas reunidos, procediera a interrogar, delante deltribunal, a los propios militares responsables de aquelloshechos? ¿Podía permitir el gobierno que yo realizara tal cosaen presencia del público numeroso que asistía a las sesiones,los reporteros de prensa, letrados de toda la Isla y los líderesde los partidos de oposición a quienes estúpidamente habíansentado en el banco de los acusados para que ahora pudieranescuchar bien de cerca todo cuanto allí se ventilara? ¡Primerodinamitaban la Audiencia, con todos sus magistrados, quepermitirlo!Idearon sustraerme del juicio y procedieron a ellos manumilitari. El viernes 25 de septiembre por la noche, víspera de latercera sesión, se presentaron en mi celda dos médicos sesión,se presentaron en mi celda dos médicos del penal; estabanvisiblemente apenados: «Venimos a hacerte un reconocimiento»—me dijeron. «¿Y quién se preocupa tanto por mi salud?» —lespregunté. Realmente, desde que los ví había comprendido elpropósito. Ellos no pudieron ser más caballeros y meexplicaron la verdad: esa misma tarde había estado en laprisión el coronel Chaviano y les dijo que yo «le estabahaciendo en el juicio un daño terrible al gobierno», que teníanque firmar un certificado donde se hiciera constar que estabaenfermo y no podía, por tanto, seguir asistiendo a lassesiones. Me expresaron además los médicos que ellos, por suparte, estaban dispuestos a renunciar a sus cargos yexponerse a las persecuciones, que ponían el asunto en mismanos para que yo decidiera. Para mí era duro pedirles aaquellos hombres que se inmolaran sin consideraciones, perotampoco podía consentir, por ningún concepto, que se llevarana cabo tales propósitos. Para dejarlo a sus propias conciencias,me limité a contestarles: «Ustedes sabrán cuál es su deber; yosé bien cuál es el mío.»Ellos, después que se retiraron, firmaron el certificado; sé quelo hicieron porque creían de buena fe que era el único modode salvarme al vida, que veían en sumo peligro. No mecomprometí a guardar silencio sobre este diálogo; sólo estoycomprometido con la verdad, y si decirla en este caso pudieranlesionar el interés material de esos buenos profesionales, dejolimpio de toda duda su honor, que vale mucho más. Aquellamisma noche, redacté una carta para este tribunal,denunciando el plan que se tramaba, solicitando la visita dedos médicos forenses para que certificaran mi perfecto estadode salud y expresándoles que si, para salvar mi vida, teníanque permitir semejante artimaña, prefería perderla mil veces.Para dar a entender que estaba resuelto a luchar solo contratanta bajeza, añadí a mi escrito aquel pensamiento delMaestro: «Un principio justo desde el fondo de una cuevapuede más que un ejército». Ésa fue la carta que, como sabe eltribunal, presentó la doctora Melba Hernández, en la sesióntercera del juicio oral del 26 de septiembre. Pude hacerla llegara ella, a pesar de la implacable vigilancia que sobre mí pesaba.Con motivo de dicha carta, por supuesto, se tomaroninmediatas represalias: incomunicaron a la doctora Hernández,y a mí, como ya lo estaba, me confinaron al más apartadolugar de la cárcel. A partir de entonces, todos los acusadoseran registrados minuciosamente, de pies a cabeza, antes desalir para el juicio.Vinieron los médicos forenses el día 27 y certificaron que, enefecto, estaba perfectamente bien de salud. Sin embargo, pesea las reiteradas órdenes del tribunal, no se me volvió a traer aninguna sesión del juicio. Agréguese a esto que todos los díaseran distribuidos, por personas desconocidas, cientos depanfletos apócrifos donde se hablaba de rescatarme de laprisión, coartada estúpida para eliminarme físicamente conpretexto de evasión. Fracasados estos propósitos por ladenuncia oportuna de amigos y alertas y descubierta lafalsedad del certificado médico, n les quedó otro recurso, paraimpedir mi asistencia al juicio, que el desacato abierto ydescarado…Caso insólito el que se estaba produciendo, señoresmagistrados: un régimen que tenía miedo de presentar a unacusado ante los tribunales; un régimen de terror y de sangre,que se espantaba ante la convicción moral de un hombreindefenso, desarmado, incomunicado y calumniado. Así,después de haberme privado de todo, me privaban por últimodel juicio donde era el principal acusado. Téngase en cuentaque esto se hacía estando en plena vigencia la suspensión degarantías y funcionando con todo rigor la Ley de Orden Públicoy la censura de radio y prensa. ¡Qué crímenes tan horrendoshabrá cometido este régimen que tanto temía la voz de unacusado!Debo hacer hincapié en actitud insolente e irrespetuosa quecon respecto a vosotros han mantenido en todo momento losjefes militares. Cuantas veces este tribunal ordenó que cesarala inhumana incomunicación que pesaban sobre mí, cuantasveces ordenó que se respetasen mis derechos máselementales, cuantas veces demandó que se me presentara ajuicio, jamás fue obedecido; una por una, se desacataron todassus órdenes. Peor todavía: en la misma presencia del tribunal,en la primera y segunda sesión, se me puso al lado unaguardia perentoria para que me impidiera en absoluto hablarcon nadie, ni aun en los momentos de receso, dando aentender que, no ya en la prisión, sino hasta en la mismaAudiencia y en vuestra presencia, no hacían el menor caso devuestras disposiciones. Pensaba plantear este problema en lasesión siguiente como cuestión de elemental honor para eltribunal, pero… ya no volví más. Y si a cambio de tantairrespetuosidad nos traen aquí para que vosotros nos enviéis ala cárcel, en nombre de una legalidad que únicamente ellos yexclusivamente ellos están violando desde el 10 de marzo,harto triste es el papel que os quieren imponer. No se hacumplido ciertamente en este caso ni una sola vez la máximalatina: cedant arma togae. Ruego tengáis muy en cuenta estacircunstancia.Más, todas las medidas resultaron completamente inútiles,porque mis bravos compañeros, con civismo sin precedentes,cumplieron cabalmente su deber.»Sí, vinimos a combatir por la libertad de Cuba y no nosarrepentimos de haberlo hecho», decían uno por uno cuandoeran llamados a declarar, e inmediatamente, conimpresionante hombría, dirigiéndose al tribunal, denunciabanlos crímenes horribles que se habían cometido en los cuerposde nuestros hermanos. Aunque ausente, pude seguir elproceso desde mi celda en todos sus detalles, gracias a lapoblación penal de la prisión de Boniato que, pese a todas lasamenazas de severos castigos, se valieron de ingeniososmedios para poner en mis manos recortes de periódicos einformaciones de toda clase. Vengaron así los abusos einmoralidades del director Taboada y del teniente supervisorRosabal, que los hacen trabajar de sol a sol, construyendopalacetes privados, y encima los matan de hambremalversando los fondos de subsistencia.A medida que se desarrolló el juicio, los papeles se invirtieron:menos de veinte mil pesos armamos cientos sesenta y cincohombres y atacamos un regimiento y un escuadrón, con unmillón de pesos hubiéramos podido armar ocho mil hombres,atacar cincuenta regimientos, cincuenta escuadrones, y UgaldeCarrillo no se habría enterado hasta el domingo 26 de julio alas 5_15 de la mañana. Sépase que por cada uno que vino acombatir, se quedaron veinte perfectamente entrenados queno vinieron porque no había armas. Esos hombres desfilaronpor las calles de La Habana con la manifestación estudiantil enel Centenario de Martí y llenaban seis cuadras en masacompacta. Doscientos más que hubieran podido venir o veintegranadas de mano en nuestro poder, y tal vez le habríamosahorrado a este honorable tribunal tantas molestias.Los políticos se gastan en sus campañas millones de pesossobornando conciencias, y un puñado de cubanos quequisieron salvar el honor de la patria tuvo que venir a afrontarla muerte con las manos vacías por falta de recursos. Esoexplica que al país lo hayan gobernado hasta ahora, nohombres generosos y abnegados, sino el bajo mundo de lapolitiquería, el hampa de nuestra vida pública.Con mayor orgullo que nunca digo que consecuentes connuestros principios, ningún político de ayer nos vi tocar a suspuertas pidiendo un centavo, que nuestros medios sereunieron con ejemplos de sacrificios que no tienen paralelo,como el de aquel joven, Elpidio Sosa, que vendió su empleo yse me presentó un día con trescientos pesos «para la causa»;Fernando Chenard, que vendió sus aparatos de su estudiofotográfico, con el que se ganaba la vida; Pedro Marrero, queempeñó su sueldo de muchos meses y fue preciso prohibirleque vendería también los muebles de su casa; Oscar Alcalde,que vendió su laboratorio de productos farmacéuticos; JesúsMontané, que entregó el dinero que había ahorrado durantemás de cinco años; y así por el estilo muchos más,despojándose cada cual de lo poco que tenía.Hace falta tener una fe muy grande en su patria para procederasí, y estos recuerdos de idealismo me llevaron directamente almás amargo capítulo de esta defensa: el precio que les hizo

al Presidente nombrar y renovar libremente a los ministros,sustituyéndolos en las oportunidades que proceda.» ¿Quiénelige a quién por fin? ¿No es éste el clásico problema del huevoy la gallina que nadie ha resuelto todavía?Un día se reunieron dieciocho aventureros. El plan era asaltarla República con su presupuesto de trescientos cincuentamillones. Al amparo de la traición y de las sombrasconsiguieron su propósito: «¿Y ahora qué hacemos?» Uno deellos les dijo a los otros: «Ustedes me nombran primer ministroy yo los nombro generales.» Hecho esto buscó veintealabarderos y les dijo: «Yo los nombro ministros y ustedes menombran presidente.» Así se nombraron unos a otrosgenerales, ministros, presidente y se quedaron con el Tesoro yla República.Y no es que se tratara de la usurpación de la soberanía por unasola vez para nombrar ministros, generales y presidente, sinoque un hombre se declaró en unos estatutos dueño absoluto,no ya de la soberanía, sino de la vida y la muerte de cadaciudadano y de la existencia misma de la nación. Por esosostengo que no solamente es traidora, vil, cobarde yrepugnante la actitud del Tribunal de GarantíasConstitucionales y Sociales, sino también absurda.Hay en los Estatutos un artículo que ha pasado bastanteinadvertido pero es el que da la clave de esta situación y delcual vamos a sacar conclusiones decisivas. Me refiero a lacláusula de reforma contenida en el artículo 257 y que dicetextualmente: «Esta Ley Constitucional podrá ser reformadapor el Consejo de Ministros con un quórum de las dos terceraspartes de sus miembros.» Aquí la burla llegó al colmo. No essólo que hayan ejercido la soberanía para imponer al pueblouna Constitución sin contar con su consentimiento y elegir ungobierno que concentra en sus manos todos los poderes, sinoque por el artículo 257 hacen suyo definitivamente el atributomás esencial de la soberanía que es la facultad de reformar laley suprema y fundamental de la nación, cosa que han hechoya varias veces desde el 10 de marzo, aunque afirman con elmayor cinismo del mundo en el artículo 2 que la soberaníareside en el pueblo y de él dimanan todos los poderes. Si pararealizar estas reformas basta la conformidad del Consejo deMinistros, queda entonces en manos de un solo hombre elderecho de hacer y deshacer la República, un hombre que esademás el más indigno de los que han nacido en esta tierra. ¿Yesto fue lo aceptado por el Tribunal de GarantíasConstitucionales, y es válido y es legal todo lo que ello sederive? Pues bien, veréis lo que aceptó: «Esta LeyConstitucional podrá ser reformada por el Consejo deMinistros con un quórum de las dos terceras partes de susmiembros.» Tal facultad no reconoce límites; al amparo de ellacualquier artículo, cualquier capítulo, cualquier título, la leyentera puede ser modificada. El artículo 1, por ejemplo, que yamencioné, dice que Cuba es un Estado independiente ysoberano organizado como República democrática —»aunquede hecho sea hoy una satrapía sangrienta»—; el artículo 3 diceque «el territorio de la República está integrado por la Isla deCuba, la Isla de Pinos y las demás islas y cayos adyacentes…»;así sucesivamente. Batista y su Consejo de Ministros, alamparo del artículo 257, pueden modificar todos esosatributos, decir que Cuba no es ya una República, sino unaMonarquía Hereditaria y ungirse él, Fulgencio Batista, Rey;pueden desmembrar el territorio nacional y vender unaprovincia a un país extraño como hizo Napoleón con laLouisiana; pueden suspender el derecho a la vida y, comoHerodes, mandar a degollar los niños recién nacidos: todasestas medidas serían legales y vosotros tendríais que enviar ala cárcel a todo el que se opusiera, como pretendéis hacerconmigo en estos momentos. He puesto ejemplos extremospara que se comprenda mejor lo triste y humillante que senuestra situación. ¡Y esas facultades omnímodas en manos dehombres que de verdad son capaces de vender la Repúblicacon todos sus habitantes!Si el Tribunal de Garantías Constitucionales aceptó semejantesituación, ¿qué espera para colgar las togas? Es un principioelemental de derecho público que no existe laconstitucionalidad allí donde el Poder Constituye y el PoderLegislativo residen en el mismo organismo. Si el Consejo deMinistros hace las leyes, los decretos, los reglamentos y almismo tiempo tiene facultad de modificar la Constitución endiez minutos, ¡maldita la falta que nos hace un Tribunal deGarantías Constitucionales! Su fallo es, pues, irracional,inconcebible, contrario a la lógica y a las leyes de la República,que vosotros, señores magistrados, jurasteis defender. Al fallara favor de los Estatutos no quedó abolida nuestra ley suprema;sino que el Tribunal de Garantías Constitucionales y Sociales sepuso fuera de la Constitución, renunció a sus fueros, sesuicidó jurídicamente. ¡Qué en paz descanse!El derecho de resistencia que establece el artículo 40 de esaConstitución está plenamente vigente. ¿Se aprobó para quefuncionara mientras la República marchaba normalmente? No,porque era para la Constitución lo que un bote salvavidas espara una nave en alta mar, que no se lanza al agua sinocuando la nave ha sido torpedeada por enemigos emboscadosen su ruta. Traicionada la Constitución de la República yarrebatadas al pueblo todas sus prerrogativas, sólo le quedabaese derecho, que ninguna fuerza le puede quitar, el derecho aresistir a la opresión y a la injusticia. Si alguna duda queda,aquí está un artículo del Código de Defensa Social, que nodebió olvidar el señor fiscal, el cual dice textualmente: «Lasautoridades de nombramiento del Gobierno o por elecciónpopular que no hubieren resistido a la insurrección por todoslos medios que estuvieren a su alcance, incurrirán en unasanción de interdicción especial de seis a diez años.» Eraobligación de los magistrados de la República resistir elcuartelazo traidor del 10 de marzo. Se comprendeperfectamente que cuando nadie ha cumplido con la ley,cuando nadie ha cumplido el deber, se envía a la cárcel a losúnicos que han cumplido con la ley y el deber.No podréis negarme que el régimen de gobierno que se le haimpuesto a la nación es indigno de su tradición y de suhistoria. En su libro. El espíritu de las leyes, que sirvió defundamento a la moderna división de poderes, Montesquieudistingue por su naturaleza tres tipos de gobierno: «elRepublicano, en que el pueblo entero o una parte del pueblotiene el poder soberano; el Monárquico, en que uno sologobierna pero con arreglo a Leyes fijas y determinadas; y elDespótico, en que uno solo, sin Ley y sin regla, lo hace todosin más que su voluntad y su capricho.» Luego añade: «Unhombre al que sus cinco sentidos le dicen sin cesar que lo estodo, y que los demás no son nada, es naturalmente ignorante,perezoso, voluptuoso.» «Así como es necesaria la virtud en unademocracia, el honor en una monarquía, hace falta el temor enun gobierno despótico; en cuanto a la virtud, no es necesaria, yen cuanto al honor, sería peligroso.»El derecho de rebelión contra el despotismo, señoresmagistrados, ha sido reconocido, desde la más lejanaantigüedad hasta el presente, por hombres de todas lasdoctrinas, de todas las ideas y todas las creencias.En las monarquías teocráticas de las más remota antigüedadchina, era prácticamente un principio constitucional quecuando el rey gobernase torpe y despóticamente, fuesedepuesto y reemplazado por un príncipe virtuoso.Los pensadores de la antigua India ampararon la resistenciaactiva frente a las arbitrariedades de la autoridad. Justificaronla revolución y llevaron muchas veces sus teorías a la práctica.Uno de sus guías espirituales decía que «una opinión sostenidapor muchos es más fuerte que el mismo rey. La soga tejida pormuchas fibras es suficiente para arrastrar a un león.»Las ciudades estados de Grecia y la República Romana, no sóloadmitían sino que apologetizaban la muerte violenta de lostiranos.En la Edad Media, Juan de Salisbury en su Libro de hombre deEstado, dice que cuando un príncipe no gobierna con arreglo aderecho y degenera en tirano, es lícita y está justificada sudeposición violenta. Recomienda que contra el tirano se use elpuñal aunque no el veneno.Santo Tomás de Aquino, en la Summa Theologíca, rechazó ladoctrina del tiranicidio, pero sostuvo, sin embargo, la tesis deque los tiranos debían ser depuestos por el pueblo.Martín Lutero proclamó que cuando un gobierno degenera entirano vulnerando las leyes, los súbditos quedaban librados deldeber de obediencia. Su discípulo Felipe Melanchton sostieneel derecho de resistencia cuando los gobiernos se conviertenen tirano. Calvino, el pensador más notable de la Reformadesde el punto de vista de las ideas políticas, postula que elpueblo tiene derecho a tomar las armas para oponerse acualquier usurpación.Nada menos que un jesuita español de la época de Felipe II,Juan Mariana, en su libro De Rege et Regis Institutione, afirmaque cuando el gobernante usurpa el poder, o cuando, elegido,rige la vida pública de manera tiránica, es lícito el asesinatopor un simple particular, directamente, o valiéndose delengaño, con el menor disturbio posible.El escritor francés Francisco Hotman sostuvo que entregobernantes y súbditos existe el vínculo de un contrato, y queel pueblo puede alzarse en rebelión frente a la tiranía de losgobiernos cuando éstos violan aquel pacto.Por esa misma época aparece también un folleto que fue muyleído, titulado Vindiciae Contra Tyrannos, firmado bajo elseudónimo de Stephanus Junius Brutus, donde se proclamaabiertamente que es legítima la resistencia a los gobiernoscuando oprimen al pueblo y que era deber de los magistradoshonorables encabezar la lucha.Los reformadores escoceses Juan Knox y Juan Poynetsostuvieron este mismo punto de vista, y en el libro másimportante de ese movimiento, escrito por Jorge Buchnam, sedice que si el gobierno logra el poder sin contar con elconsentimiento del pueblo o rige los destinos de éste de unamanera injusta y arbitraria, se convierte en tirano y puede serdestituido o privado de la vida en el último caso.Juan Altusio, jurista alemán de principios del siglo XVII, en suTratado de política, dice que la soberanía en cuanto autoridadsuprema del Estado nace del concurso voluntario de todos susmiembros; que la autoridad suprema del Estado nace delconcurso voluntario del gobierno arranca del pueblo y que suejercicio injusto, extralegal o tiránico exime al pueblo deldeber de obediencia y justifica la resistencia y la rebelión.Hasta aquí, señores magistrados, he mencionado ejemplos dela Antigüedad, la Edad Media y de los primeros tiempos de laEdad Moderna: escritores de todas las ideas y todas lascreencias. Más, como veréis, este derecho está en la raízmisma de nuestra existencia política, gracias a él vosotrospodéis vestir hoy esas togas de magistrados cubanos que ojaláfueran para la justicia.Sabido es que en Inglaterra, en el siglo XVII, fuerondestronados dos reyes, Carlos I y Jacobo II, por actos dedespotismo. Estos hechos coincidieron con el nacimiento de lafilosofía política liberal, esencia ideológica de una nueva clasesocial que pugnaba entonces por romper las cadenas delfeudalismo. Frente a las tiranías de derecho divino esa filosofíaopuso el principio del contrato social y el consentimiento delos gobernados, y sirvió de fundamento a la revolución inglesade 1688, y a las revoluciones americana y francesa de 1775 y1789. Estos grandes acontecimientos revolucionarios abrieronel proceso de liberación de las colonias españolas en América,cuyo último eslabón fue Cuba. En esta filosofía se alimentónuestro pensamiento político y constitucional que fuedesarrollándose desde la primera Constitución de Guáimarohasta la del 1940, influida esta última ya por las corrientessocialistas del mundo actual que consagraron en ella elprincipio de la función social de la propiedad y el derechoinalienable del hombre a una existencia decorosa, cuya plenavigencia han impedido los grandes intereses creados.El derecho de insurrección contra la tiranía recibió entonces suconsagración definitiva y se convirtió en postulado esencial dela libertad política.Ya en 1649 Juan Milton escribe que el poder político reside enel pueblo, quien puede nombrar y destituir reyes, y tiene eldeber de separar a los tiranos.Juan Locke en su Tratado de gobierno sostiene que cuando seviolan los derechos naturales del hombre, el pueblo tiene elderecho y el deber de suprimir o cambiar de gobierno. «Elúnico remedio contra la fuerza sin autoridad está en oponerlela fuerza.»Juan Jacobo Rousseau dice con mucha elocuencia en suContrato Social: «Mientras un pueblo se ve forzado a obedecery obedece, hace bien; tan pronto como puede sacudir el yugo ylo sacude, hace mejor, recuperando su libertad por el mismoderecho que se la han quitado.» «El más fuerte no es nuncasuficientemente fuerte para ser siempre el amo, si notransforma la fuerza en derecho y la obediencia en deber. […]La fuerza es un poder físico; no veo qué moralidad puedaderivarse de sus efectos. Ceder a la fuerza es un acto denecesidad, no de voluntad; todo lo más es un de prudencia.¿En qué sentido podrá ser esto un deber?» «Renunciar a lalibertad es renunciar a la calidad del hombre, a los derechos dela Humanidad, incluso a sus deberes. No hay recompensaposible para aquel que renuncia a todo. Tal renuncia esincomparable con la naturaleza del hombre, y quitar toda lalibertad a la voluntad es quitar toda la moralidad a lasacciones. En fin, es una convicción vana y contradictoriaestipular por una parte con una autoridad absoluta y por otracon una obediencia sin límites…»Thomas Paine dijo que «un hombre justo es más digno derespeto que un rufián coronado».Sólo escritores reaccionarios se opusieron a este derecho delos pueblos, como aquel clérigo de Virginia, Jonathan Boucher,quien dijo que «El derecho a la revolución era una doctrinacondenable derivada de Lucifer, el padre de las rebeliones».La Declaración de Independencia del Congreso de Filadelfia el4 de julio de 1776, consagró este derecho en un hermosopárrafo que dice: «Sostenemos como verdades evidentes quetodos los hombres nacen iguales; que a todos les confiere suCreador ciertos derechos inalienables entre los cuales secuentan la vida, la libertad y la consecución de la felicidad; quepara asegurar estos derechos se instituyen entre los hombresgobiernos cuyos justos poderes derivan del consentimiento delos gobernados; que siempre que una forma de gobiernotienda a destruir esos fines, al pueblo tiene derecho areformarla o abolirla, e instituir un nuevo gobierno que sefunde en dichos principios y organice sus poderes en la formaque a su juicio garantice mejor su seguridad y felicidad.»La famosa Declaración Francesa de los Derechos del Hombrelegó a las generaciones venideras este principio: «Cuando elgobierno viola los derechos del pueblo, la insurrección es paraéste el más sagrado de los derechos y el más imperioso de losdeberes.» «Cuando una persona se apodera de la soberaníadebe ser condenada a muerte por los hombres libres.»Creo haber justificado suficientemente mi punto de vista: sonmás razones que las que esgrimió el señor fiscal para pedirque se me condene a veintiséis años de cárcel; todas asisten alos hombres que luchan por la libertad y la felicidad de unpueblo; ninguna a los que lo oprimen, envilecen y saqueandespiadadamente; por eso yo he tenido que exponer muchas yél no pudo exponer una sola. ¿Cómo justificar la presencia deBatista en el poder, al que llegó contra la voluntad del pueblo yviolando por la traición y por la fuerza las leyes de laRevolución? ¿Cómo llamar revolucionario un gobierno donde sehan conjugado los hombres, las ideas y los métodos másretrógrados de la vida pública? ¿Cómo considerarjurídicamente válida la alta traición de un tribunal cuya misiónera defender nuestra Constitución? ¿Con qué derecho enviar ala cárcel a ciudadanos que vinieron a dar por el decoro de supatria su sangre y su vida? ¡Eso es monstruoso ante los ojos dela nación y los principios de la verdadera justicia!Pero hay una razón que nos asiste más poderosa que todas lasdemás: somos cubanos, y ser cubano implica un deber, nocumplirlo es un crimen y es traición. Vivimos orgullosos de lahistoria de nuestra patria; la aprendimos en la escuela y hemoscrecido oyendo hablar de libertad, de justicia y de derechos. Senos enseñó a venerar desde temprano el ejemplo glorioso denuestros héroes y de nuestros mártires. Céspedes, Agramonte,Maceo, Gómez y Martí fueron los primeros nombres que segrabaron en nuestro cerebro; se nos enseñó que el Titán habíadicho que la libertad no se mendiga, sino que se conquista conel filo del machete; se nos enseñó que para la educación de losciudadanos en la patria libre, escribió el Apóstol en su libro LaEdad de Oro: «Un hombre que se conforma con obedecer aleyes injustas, y permite que pisen el país en que nació loshombres que se lo maltratan, no es un hombre honrado. […]En el mundo ha de haber cierta cantidad de decoro, como hade haber cierta cantidad de luz. Cuando hay muchos hombressin decoro, hay siempre otros que tienen en sí el decoro demuchos hombres. Ésos son los que se rebelan con fuerzaterrible contra los que les roban a los pueblos su libertad, quees robarles a los hombres su decoro. En esos hombres vanmiles de hombres, va un pueblo entero, va la dignidadhumana…» Se nos enseñó que el 10 de octubre y el 24 defebrero son efemérides gloriosas y de regocijo patrio porquemarcan los días en que los cubanos se rebelaron contra elyugo de la infame tiranía; se nos enseñó a querer y defender lahermosa bandera de la estrella solitaria y a cantar todas lastardes un himno cuyos versos dicen que vivir en cadenas viviren afrenta y oprobio sumidos, y que morir por la patria es vivir.Todo eso aprendimos y no lo olvidaremos aunque hoy ennuestra patria se esté asesinando y encarcelando a loshombres por practicar las ideas que les enseñaron desde lacuna. Nacimos en un país libre que nos legaron nuestrospadres, y primero se hundirá la Isla en el mar antes queconsintamos en ser esclavos de nadie.Parecía que el Apóstol iba a morir en el año de su centenario,que su memoria se extinguiría para siempre, ¡tanta era laafrenta! Pero vive, no ha muerto, su pueblo es rebelde, supueblo es digno, su pueblo su fiel a su recuerdo; hay cubanosque han caído defendiendo sus doctrinas, hay jóvenes que enmagnífico desagravio vinieron a morir junto a su tumba, adarle su sangre y su vida para que él siga viviendo en el almade la patria. ¡Cuba, qué sería de ti si hubieras dejado morir a tuApóstol!Termino mi defensa, no lo haré como hacen siempre todos losletrados, pidiendo la libertad del defendido; no puedo pedirlacuando mis compañeros están sufriendo ya en Isla de Pinosignominiosa prisión. Enviadme junto a ellos a compartir susuerte, es inconcebible que los hombres honrados esténmuertos o presos en una república donde está de presidenteun criminal y un ladrón.A los señores magistrados, mi sincera gratitud por habermepermitido expresarme libremente, sin mezquinas coacciones;no os guardo rencor, reconozco que en ciertos aspectos habéissido humanos y sé que el presidente de este tribunal, hombrede limpia vida, no puede disimular su repugnancia por elestado de cosas reinantes que lo obliga a dictar un falloinjusto. Queda todavía a la Audiencia un problema más grave;ahí están las causas iniciadas por los setenta asesinatos, esdecir, la mayor masacre que hemos conocido; los culpablessiguen libres con un arma en la mano que es amenaza perennepara la vida de los ciudadanos; si no cae sobre ellos todo elpeso de la ley, por cobardía o porque se lo impidan, y norenuncien en pleno todos los magistrados, me apiado devuestras honras y compadezco la mancha sin precedentes quecaerá sobre el Poder Judicial.En cuanto a mí, sé que la cárcel será dura como no la ha sidonunca para nadie, preñada de amenazas, de ruin y cobardeensañamiento, pero no la temo, como no temo la furia deltirano miserable que arrancó la vida a setenta hermanos míos. Condenadme, no importa, La historia me absolverá.LA HISTORIA ME ABSOLVERÁ PÁGINA 44

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